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«El mundo del cine sigue preguntándose por su futuro»

Aon 152 millones de espectadores en 2022, un año menos malo de lo anunciado pero solo las tres cuartas partes de las cifras previas a la pandemia del Covid-19, el mundo del cine sigue preguntándose por su futuro. Los declinantes identifican a los culpables, el precio de las entradas, la competencia de las plataformas, la mala calidad de las películas, su sobreabundancia, la pérdida de hábitos ligada a la epidemia…

Los optimistas afirman, por el contrario, que el cine, que ha superado múltiples crisis, no ha dicho su última palabra; proclaman su amor por el auditorio y, además de la clásica oposición entre el arte, que hay que defender, y la industria, de la que hay que desconfiar, superponen aquella entre el auditorio, lugar incomparable para compartir y encontrar al público con las obras, y las demás pantallas, pálidas copias del original, donde surge un “contenido” indiferenciado sin ninguna referencia a la historia del arte.

Una economía común

Que es fundamental preservar la presencia de películas exigentes, provenientes de horizontes diversificados, en las salas de cine, multiplicando los encuentros, poniéndolos en perspectiva, ofreciendo herramientas que permitan un conocimiento detallado del público, no es discutible. Pero pensar que esto será suficiente para asegurar el futuro de todos los cines y de todos los creadores que sueñan con contar historias y contar el mundo desde su propio punto de vista es una visión totalmente quimérica.

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Siempre que aceptemos echar una mirada lúcida a la economía del sector, resulta imprescindible otra dualidad, ni la que existe entre el arte y la industria ni la que existe entre la gran y la pequeña pantalla, sino la que existe entre dos elementos que constituyen la base común de lo que se denomina «cine», el lugar por un lado, la singularidad de una película, el objeto artístico por otro lado.

Desde principios del XXmi siglo, y durante algunas décadas, la creación de películas singulares y su distribución en un lugar, la sala, se desarrolló en una economía común y disoció estos dos aspectos que hubieran parecido incongruentes. A partir de finales de la década de 1950, el teatro perdió el monopolio de la distribución de películas en favor de la televisión; otras formas emergentes de producción audiovisual, cuyas cualidades artísticas a veces no tienen nada que envidiar a ciertas “películas” cinematográficas.

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Pero, a pesar de la proliferación de pantallas, a pesar de la diversidad de producciones, siguió existiendo una solidaridad económica entre el cine y la sala. El cine siguió evolucionando para hacer frente a la competencia de otras pantallas, pero el corazón de su economía siguió estando dedicado al cine. El cine cinematográfico, si bien se financia y paga masivamente fuera de las salas de cine, muestra su libertad artística en el cine gracias a filtros como la crítica o el paso por festivales.

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Samuel Suarez

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