Hallan restos humanos en el tren de aterrizaje de un avión estadounidense que salía de Kabul

“Las antiguas civilizaciones africanas que contribuyeron a la era del dominio global occidental han sido olvidadas; de los africanos en la Península Ibérica, durante el siglo XIV, con sus avances en la tecnología de navegación […]»

En el período previo al duodécimo aniversario de la “Conferencia Mundial contra el Racismo” (Durban, Sudáfrica, 31 de agosto de 2001), el colorismo desbordaba en Panamá. Un profesor indecente lanzó insultos racistas contra otro colega afrodescendiente. La frase «negro de mierda» ya se había escuchado dos años antes, cuando un reconocido ex alcalde de Ciudad de Panamá agredió a otro profesor del mismo color. Este último atacado sigue utilizando la expresión “Congolandia” como plataforma.

Albert Einstein advirtió que el racismo era una enfermedad de los blancos. Pero, quizás no entendió cómo el colorismo entre personas no clasificadas como blancas o «rabbiblancas» es otra cepa de terror psicológico que ha causado grandes estragos al impedir un verdadero progreso colectivo.

No existe cura contra el virus del racismo estadounidense que contagiaba el Istmo de Panamá desde 1849. En 1910, la «primera dama» María Ossa de Amador se sintió ofendida porque un afrodescendiente, Carlos A. Mendoza, asumió la presidencia. que siete años antes mostraba su esposo colombiano (ex médico de la Compañía del Ferrocarril).

Los tentáculos del germen racial, sin disimulo, penetraron en la psique nacional. Durante agosto de 1924, Panamá estuvo en cuidados intensivos ante la diarrea verbal de Olmedo Alfaro, reflejada en el Semanario Gráfico: «Los antillanos infestan nuestras principales ciudades con sus exóticas costumbres y le han dado a Panamá la apariencia de hordas africanas».

En la década de 1940, apareció un brote epidémico de intolerancia (y la variante Arnulfo). Está prohibido olvidar al afropanameño Lester Greaves, quien en el enclave “Zoneite” tuvo un noviazgo secreto con una mujer blanca de Estados Unidos. Al ser descubierto, Greaves fue acusado de violación, y sin poder escapar del linchamiento judicial, lo condenaron a 50 años de prisión. 15 años después, sale de la prisión de Gamboa al son de la canción «¿Por qué los tontos se enamoran?», Interpretada por Frankie Lymon y los adolescentes.

Para entonces, Rubén Blades tendría ocho años. Su composición «Plástico» destaca a quienes le dicen «a tu hijo de cinco años, no juegues con niños de colores extraños». Por cierto, el término «blancos honorarios» fue utilizado por el régimen del apartheid en Sudáfrica, que otorgó derechos y privilegios a los blancos a japoneses, coreanos y residentes de Taiwán, y luego se agregó a los chinos. Otras etnias previamente restringidas, como los judíos y los irlandeses, también se convirtieron en «objetivos honorarios». Panamá ejemplifica esa estrategia global de dividir para reinar. Con tal división, se vuelve difícil desmantelar el virus mortal o construir sobre la fragilidad blanca.

Se han olvidado las antiguas civilizaciones africanas que contribuyeron a la era del dominio mundial occidental; de los africanos en la Península Ibérica, durante el siglo XIV, con sus avances en tecnologías de navegación como el astrolabio, el sextante, la cartografía y la construcción naval que allanaron el camino para la Era de la Exploración. Además, hoy en día se utilizan una gran cantidad de sus inventos.

Ahora, la riqueza del sistema se distribuye según una construcción cromática piramidal. El clasificado como blanco representa la cúspide del privilegio, mientras que el negro queda relegado a la base o su parte inferior. Por otro lado, el terrorismo psicológico y el desprecio están a la orden del día. Caricaturas periodísticas, rechazo institucional al cabello rizado y alusiones a través del lenguaje peyorativo. Veamos: «día negro», «no me saques del Congo», «aguas negras», «mercado negro», etc.

Mientras tanto, la supuesta revolución del “Che” (chombo, chino y cholo) es una ilusión irrealizable. Hay demasiados gallos «pintos» contaminados.

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